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 México, su historia parte 9

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MensajeTema: México, su historia parte 9   Sáb Ene 10, 2009 6:22 pm

Otra manifestación del desajuste social provocado por el crecimiento económico rápido fue la aparición de nuevos grupos que no tenían cabida en el orden establecido; las castas que hacia fines del siglo XVIII llega a formar el 22 por ciento de la población total. Mucho menos numeroso pero de mayor peligrosidad política fue el grupo de los nuevos ricos que nació con el auge, estos individuos repentinamente enriquecidos se adaptaba en forma imperfecta al sistema, y eran frecuentemente rechazados por éste.

La frustración social que de ellas se apoderó fue seguida de un proceso paralelo de frustración política. Las reformas Borbónicas incrementaron la frustración social y política de varias maneras. Por una parte, cerrando el paso de criollos y mestizos a puestos y posiciones políticas que su misma representatividad les había ganado; impidiéndoles el acceso a los altos puestos militares y eclesiásticos; marginándolos, en fin, de manera sistemática y creciente.

Así, desterrados de la vida política propiamente dicha, pero teniendo abierto el acceso a los cabildos municipales, los curatos y los niveles inferiores y medios del ejército, comenzaron a transformar estas instituciones en cuerpos políticos dedicados a la defensa de sus intereses. Es tu adquiere importancia política plena durante 1808 ante la abdicación del monarca español, el cabildo de la ciudad de México propone al virrey seguir provisionalmente en el gobierno. De esta proyección del cabildo surgió la crisis que acabó en la deposición del virrey. Asimismo es conocida la participación de curas y oficiales del ejército criollos en todas las conspiraciones anteriores a 1810.

El tercer factor fue la modernidad, la penetración en nueva España de las ideas y la cultura del siglo de las luces. Los principales introductores de las nuevas ideas y costumbres fueron en primer lugar los gobernantes y funcionarios encargados de llevar acabo las reformas Borbónicas. Quienes adoptaron estos hábitos con mayor pasión y rapidez fueron los nuevos ricos y la emergentes clase media urbana. Incorporar en la vida corriente los principios del despotismo ilustrado, aplicar el filantropismo social, racionalizar la administración y la hacienda pública, o simplemente combatir los monopolios, significó para estos hombres entrar en grandes pugnas con los intereses y grupos establecidos y más directamente ligados a la península. La batalla inicial la desataron los jesuitas. Sus enseñanzas y escritos introdujeron los cambios siguientes; aparición que las primeras críticas sistemáticas a los métodos y dogmas escolásticos, apertura a las nuevas corrientes y filósofos europeos, introducción de la física experimental o moderna en los cursos de filosofía, desarrollo del eclecticismo científico y adopción de nuevas orientaciones metodológica ser tanto en la recepción filosófica como en la enseñanza.

El padre Juan Benito de Gamarra, convirtió el colegio de San Francisco de Sales de San Miguel el Grande en un foco de modernidad. Su triunfo marca el momento en que las ideas renovadoras se imponen a las tradicionales de la institución más conservador, la propagación de la filosofía y la ciencia moderna ya no se detiene. Otro signo inminente del cambio ocurrido es el relajamiento e incapacidad del Santo oficio para reprimir y contener la circulación de obras prohibidas.

Se observa el esfuerzo obsesivo de esta generación por quebrantar la mentalidad tradicional, introducir de un golpe las ideas ilustradas y crear las condiciones para que se aplique a la realidad circundante. La nueva España entre 1770 y 1810 padeció las amargas quemaduras de la contradicción, la frustración y el desgarramiento interior.

De los varios grupos y sectores que promovieron el cambio mental e hicieron circular las nuevas ideas que estaban cambiando a su época, el formado por sacerdotes y prelados padeció con mayor intensidad que nadie el doloroso tránsito que habría de recorrer el país.

Con todo, la generación de gobernantes ilustrados cumplió cabalmente su tarea de puente entre un mundo que se resquebrajaba por todos lados y otro cuyos contornos contribuyeron a iluminar. Entre 1790 y 1810 la difusión de las ideas y la efervescencia social son más intensas que nunca en la nueva España.

La gran explosión que precipita al país a la época moderna tiene como antecedente esos tres procesos que hemos tratado de esbozar en las páginas precedentes; un rapidísimo crecimiento económico que destruyen toda las estructuras sociales forjados atravesó de un siglo de lento reacomodo y hace más evidentes las desigualdades existentes; una inflexibilidad casi total de la fábrica política y social para dar cabida a los nuevos grupos y absorber las contradicciones y expectativas creadas por el proceso anterior; y una difusión también acelerada de las ideas de la modernidad que le darán fundamento a los grupos marginados para proyectar y racionalizar sus reivindicaciones. No es un azar que el área del Bajío y Michoacán, que experimentó el mayor crecimiento económico, concentró el número más alto de criollos y albergo a los focos más avanzados de renovación intelectual, haya sido la matriz de la insurrección que encabezo Hidalgo.

Los actores del drama.

El sistema económico exportador o descansaba en la explotación minera y en el sector financiero y comercial que financiaba la producción de metales preciosos y su exportación a la metrópoli. En la segunda mitad del siglo XVIII, sobre todo a partir de 1740 y 1803 la minería alcanza un auge extraordinario.

El comercio exterior estaba controlado por unos cuantos firmas de asiento en las ciudades de México y Veracruz, y que guardaban estrechas relaciones con empresas de Cádiz. El decreto de comercio libre de 1778, que rompió el monopolio del puerto de Cádiz para comerciar con las colonias y levantó las prohibiciones de que nueva España comerciar con otros países americanos, a la larga fomento la proliferación de nuevos establecimientos comerciales. El decreto de comercio libre sirvió, para que algunos comerciantes, invirtiera fuertes capitales en la minería, contribuyendo así a su auge.

Muchos propietarios de minas empezaron su carrera como comerciantes y banqueros, mineros y comerciantes exportadores formaban el grupo económicamente hegemonico en la última época de la colonia.

Su hegemonía estaba ligada al mantenimiento de una economía de enclave, pues como su beneficio derivaba de la exportación a la metrópoli. Así su suerte privilegiada descansaba en la situación de dependencia de nueva España. En el seno de ese grupo privilegiado no podría encontrarse la menor oposición entre criollos y peninsulares. La distinción entre europeo y criollo se resolvía así en una generación.

Intereses comunes ligaban a la burocracia política con ese grupo. La gran mayoría de los puestos administrativos y militares importantes y aún en la carrera eclesiástica eran asignados a inmigrantes de la península. La burocracia política había aumentado considerablemente a partir de las reformas administrativas introducidos por los Borbones. Al grupo privilegiado de mineros y comerciantes la unía tanto su situación de poder común su común necesidad de mantener los lazos de dependencia la metrópoli.

El proceso de concentración de tierras y manos de unos cuantos hacendado criollos aumentaba. Con todo, las condiciones para una acumulación de capital en el sector agrario eran aleatorias. En los años de crisis, los hacendados dependían de sus fuentes de crédito. El capital financiero de que defendían estaba en manos de la iglesia. La inmensa riqueza de la iglesia provenía de tres fuentes. Recibía rentas de sus propiedades; el diezmo; pero su principal base económica radicaba en capitales impuestos a censo redimible sobre propiedades de particulares. Cada juzgado de capellanías, cada cofradía, era una especie de banco. Prestaba a los hacendados, a los industriales y a los pequeños comerciantes fuertes capitales a un interés módico y a largo plazo. El crédito de la iglesia era vital para los terratenientes, sobre todo en años de crisis.

La relativa liberación del comercio interior auspiciado por los Borbones y, sobre todo, el cierre del mercado a los productos provenientes de España, había propiciado una incipiente producción de bienes de consumo destinados al mercado interno. A fines del siglo XVIII la mitad de la población trabajadora estaba empleada en la industria textil y en el Bajío y 18% de la fuerza de trabajo se repartía entre la extracción minera y la pequeña industria. Para mantener la situación de dependencia, la corona había establecido miles de trabas legales que impedían la consolidación y ampliación de ese sector productivo. Se prohibieron expresamente muchas industrias para evitar la competencia a las españolas. La ampliación del mercado se veía obstaculizada también hubo un complejo sistema de tarifas aduanales y alcábalas, que entorpecían el comercio y encarecían mucho los productos. Sin embargo, las disposiciones no siempre se atacaban. El ingenio de los americanos y la prudencia de los virreyes se aunaron numerosas ocasiones para establecer industrias que la ley expresamente prohibía.

Las trabas eran, más formales que reales. La teoría legislativa resultaba inaplicable ante la fuerza con que empezaba a desarrollarse contra la ley la economía novohispana. Existía un desajuste entre la esfera legislativa y administrativa. Aquella no correspondía al progreso de la producción y se había convertido en una rémora inútil. Al contrario del sector exportador, terratenientes, clero e industriales gozaban su preeminencia económica en la ampliación del mercado interno. Y a ello justamente se oponía la política final seguida por los Borbones. Para sufragar sus perpetuas guerras, la corona aumento mucho sus impuestos y exacciones. A principios del siglo XIX, la nueva España suministraba a la metrópoli las 3 cuartas partes del total de sus ingresos de las colonias. La explotación colonial había llegado a su punto máximo.

El 26 de diciembre de 1804,un decreto real ordenaba la enervación de todos los capitales de capellanías y obras pías y exigía que se hicieran efectivas las hipotecas, vendiendo las fincas de crédito vencido. La economía interna de la colonia resintió terriblemente este despojo.

Por fin la regencia escucha las reiteradas quejas y ordenó el 14 de Enero de 1809, que cesaran los efectos de la célula. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, la nueva España vio reforzado su situación de dependencia, por una parte, el auge del sector exportador permitió la consolidación de los grupos económicamente dominantes; pero en cierta medida estimuló también la producción interna.

El antagonismo entre criollos y noche quienes nunca corrió con suerte entre las familias privilegiados. Más bien, sería creación de los letrados de las clases medias que se harán los voceros de los intereses americanos. La clase media mejor que ninguna otra, tenía conciencia de no poder realizar en la sociedad la función a la que su preparación y su vocación la orientaba. Su falta de un puesto adecuado en el mundo real los obligará a evadirse hacia el reino ideal de las artes y del saber. Esta sociedad formaba una elite intelectual unida por la insatisfacción común. Económicamente improductivo, esta intelligentsia acaparaba una arma terrible: la ilustración, depositada casi toda ella en sus manos. El aumento de la riqueza a fines del siglo XVIII había beneficiado la oligarquía económica y a la ves agudizado los contrastes sociales. En comparación con los peones rurales, los obreros de las minas, aunque trabajaban en condiciones sumamente duras, estaban mejor pagados. Con todo, su condición había empeorado a finales de siglo. Pero el problema más grave a principios del siglo XIX era el crecimiento desmesurado de la plebe en las ciudades. Esta plebe era caldo de cultivo para cualquier explosión violenta.
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