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 México, su historia parte 17

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MensajeTema: México, su historia parte 17   Sáb Ene 10, 2009 6:30 pm

Programa liberal.

Juárez hasta su muerte en 1872, y Lerdo del 72 al 76 serían presidentes de la República sucesivamente entre los diez años comprendidos entre 1867 y 1877. desde los tres poderes la intelectualidad liberal mexicana resolvió que para homogeneizar a México y ponerlo a la altura de las grandes naciones del mundo contemporáneo se necesitaba, en el orden político, la práctica de la constitución liberal de 1857 la pacificación del país, el debilitamiento de los profesionales de la violencia y la vigorización de la hacienda pública; en el orden social, la inmigración, el parvifundio y las libertades de asociación y trabajo; en el orden económico, la hechura de caminos, la atracción de capital extranjero, el ejercicio de nuevas siembras y métodos de labranza, el desarrollo de la manufactura y la conversión de México en un puente mercantil entre Europa y el remoto oriente y en el orden de la cultura las libertades de credo y prensa, el exterminio de lo indígena, la educación que haría "a todo México un tesoro nacional común" y el nacionalismo en las letras y en las artes.

El primero y principal propósito de la elite liberal en el poder fue "aplicar la constitución íntegramente y sin pestañear", según escribe Cosio Villegas. Antes que nada y sobre todo se quería el federalismo, la separación y el equilibrio de los tres poderes, la participación popular en la vida pública mediante el voto. Esto es, se proclamó un respeto mayor al derecho ajeno y uno menor al derecho propio, según la nueva programación, cualquier mal entendimiento debía dirimirse ha gritos y bufidos sin acudir a los golpes y menos aún al machete, al cuchillo o al rifle.

La elite liberal practicó el culto al individuo. Su papel de apóstoles impuso la obligación de introducir el bien en la casa ajena antes que en la propia, o por lo menos al mismo tiempo. Su fin sencillamente enriquecer a su patria a fuerza de ferrocarriles, empréstitos, plantaciones agrícolas y fábricas de mil cosas. Como el dinero no lo era todo, apenas la mitad, la República restaurada, para ser verdaderamente enunciada, programó también las libertades religiosas y de prensa, el transculturamiento del indio, la escuela gratuita, laica, obligatoria y positiva y el fomento del nacionalismo en las letras y las artes.

La jefatura que tomó en sus manos la patria en 1867 se propuso transformarla en los órdenes político, social, económico y cultural conforme a ciertas ideas abstractas y a un modelo concreto: Estados Unidos.

Realidad reaccionaria.

Obstáculos de todo orden se oponían al plan liberal. Aunque Juárez y su gente asumieron la modernización del país a sabiendas de que "una sociedad como mera nuestra, que ha tenido la desgracia de pasar por una larga serie de años de revueltas intestinas, se de plagada de vicios, cuyas raíces profundas no pueden extraer pararse en un solo día, ni con una sola medida", no parece que hubieran previsto la enormidad y la anchura de las tradiciones necesitadas de demolición. Por ejemplo, no parece que le hubieran tomado la medida justa al indiferentismo político de la gran masa. Contra la democracia hospedaba la indiferencia de la sido todavía. Contra el pacifismo conspiraban tres costumbres. En primer lugar la ambición política de los militares que no conocía otro modo de saciar se fuera del levantamiento en armas, en segundo, el modo de vivir que a la sombra de la guerra habían adoptado algunos miles de mexicanos: el bandidaje, profesión bastante lucrativa, no exenta de satisfacciones de varia índole y muy difícil de dejar. En tercero, las pretensiones de autonomía de las tribus y de muchas sociedades locales que por las buenas no iban a conseguir satisfacción de un régimen empeñado en la unidad nacional, patriótico hasta las cachas. Nuestra tierra chamuscada había perdido todos sus encantos; no resultaba interesante al capitalismo internacional.

Ninguno de los objetivos liberales encontraba clima propicio en México. Tan inclemente era para la democracia y el progreso económico como para la ciencia moderna, las religiones de manga ancha y la filosofía positivas que. El espíritu religioso de éstos no comulgar con el ideal de Melchor Ocampo de circunscribir la religión católica al claustro de la conciencia y de la moralidad privadas y menos aún con la solución juarista de permitir el crecimiento de otras religiones, sobre todo las protestantes. Los únicos que no eran plenamente católicos estaban aun menos dispuestos a ser protestantes o deístas. Aún la política del nacionalismo en las letras y en las artes encontraba resistencia en las tradiciones regionalistas y sobre todo en el humanismo conservador reacio a soltar las ubres de las empresas transnacionales de cultura con sede en Roma y en Madrid.

Acción modernizadora.

El mayor éxito de la República restaurada fue en algunos casos laicos de la cultura. La religión católica permaneció inconmovible y exclusiva. Lerdo expulsó a los jesuitas y a las hermanas de la Caridad, hizo constitucionales las leyes de reforma y dispuso su juramento por parte de los funcionarios públicos. Tras las leyes vienen la apertura de escuelas y las apasionadas discusiones sobre métodos pedagógicos. En 1868, con moldes enteramente positivistas, se funda la escuela nacional preparatoria. A partir de 1868 se pone de moda abrir escuelas primarias, medias y superiores.

La década de México comprendida entre los años 1867 y 1876 contó con un equipo de civilizadores y patriotas pequeños pero extremadamente grande por su entusiasmo y su inteligencia; con un programa de acción múltiple, lúcido, preciso y vigoroso y con un clima nacional adverso a las prosperidades democrática, liberal, económica, científica y nacionalista.

Ascensión del porfirismo

Regresó de Días y del militarismo.

El otoño del 76 se inicia con erisipela y fuga del adusto y severo presidente de la suprema corte de justicia, el abogado don José María Iglesias. Por razón de la erisipela, se refunde en casa de la que no sale hasta quince días después y disfrazado de sacerdote. El 26 de octubre suceden por fin lo tan ansiosamente querido. El presidente de la República es declarado reelecto para el periodo del primero de diciembre de 1876 al 30 de noviembre de 1880. Iglesias se pone feliz. Reparte a puños del plan de Toluca, el manifiesto donde sostiene que las elecciones presidenciales no valen nada porque en muchos distritos no las hubo y en otros fueron resultado de la violencia militar sobre los electores. Lerdo de Tejada, el presidente el funciones, las tuvo casi todas consigo hasta la primera quincena de noviembre. Con todo, don Sebastián Lerdo de Tejada no renunció a la presidencia. Acompañado como por sus ministros y una escolta de caballería abandonó la ciudad México en la madrugada del 21 de noviembre sin prestar oídos a versos injuriosos. En aquella madrugada del 21, el presidente constitucional se encaminó a Morelia para asentar allí su gobierno y desde allí seguir luchando. Mientras Lerdo huía, Porfírio, en la tarde del 23 de noviembre, entraba a la capital de la República que lo recibía con el júbilo acostumbrado para los vencedores.

En eso, Porfírio Díaz dispuso el cese de todos los empleados y funcionarios del gobierno federal y proclamó oficialmente el plan de Tuxtepec y sus reformas de palo blanco. Es decir, proclamó cinco cosas mayores: no-reelección de presidente de la República y gobernadores de los Estados; desconocimiento del gobierno de don Sebastián Lerdo de Tejada por abusivo de la autoridad, despilfarro, injusto, asesino, extorsionador, vendepatrias y otros crímenes; reconocimiento de los gobernadores con la única condición de que se adhieran al plan; comisiones para supremos poderes de la unión a los dos meses de ocupado México, y entrega provisional del poder ejecutivo al presidente de la suprema corte de justicia, es decir, a don José María Iglesias si aceptaba el plan de Tuxtepec.

Condensados de historia política y social de México del libro de Daniel Cosio Villegas, "Historia general de
México" . Desde la conquista de México hasta comienzos del porfirismo.
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